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  • Greenpeace México replica la narrativa de desconfianza en el Estado

    Greenpeace México replica la narrativa de desconfianza en el Estado

    En su más reciente publicación, Greenpeace México propone un ejercicio contractual: imaginar un país sin su intervención.

    En el texto se repite la misma idea que se ha vuelto consigna para el neoliberalismo corporativo, una narrativa en la cual sin la organización, México habría sido más tóxico, más depredado y más vulnerable frente a intereses corporativos.

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    La narrativa se articula sobre la idea de que el Estado carece de capacidad intrínseca para regular, proteger o transformar, y que solo la presión constante de organizaciones civiles logra contener la devastación.

    Paradójicamente, ese supuesto reproduce el mismo marco conceptual que el sector privado ha sostenido durante décadas, que la desconfianza estructural hacia lo público y la convicción de que el aparato estatal es insuficiente por definición.

    En su texto, Greenpeace México tiene la audacia de llamar a un mundo sin la organización como “un vacío de la acción”.

    Esta aseveración desplaza por completo los avances realizados por los gobiernos populares de la Cuarta Transformación.

    Greenpeace México replica la narrativa de desconfianza en el Estado
    Encabezado del artículo en el que Greenpeace México se adjudica la práctica totalidad del avance en material ambiental del país.
    Fuente: Greenpeace México, febrero de 2026.

    Al atribuirse de manera casi exclusiva hitos como el Santuario Ballenero, la defensa de Cabo Pulmo o la regulación de residuos peligrosos, Greenpeace desplaza del relato a instituciones, marcos jurídicos y procesos legislativos que también intervinieron en esas decisiones.

    La crítica organizada forma parte de cualquier democracia viva, lo cuestionable es la construcción discursiva según la cual, sin el activismo pensionado por la burguesía, el país quedaría condenado al colapso ecológico.

    Esa autoasignación de centralidad refuerza una visión donde el Estado aparece como actor secundario, reactivo y dependiente de la tutela permanente del tercer sector.

    En el contexto actual, marcado por una reconfiguración de la política ambiental con énfasis en soberanía energética, restauración ecológica y justicia territorial, insistir en la narrativa de la indispensabilidad puede derivar en inmovilismo.

    Si todo avance se presenta como resultado exclusivo de la presión externa, se erosiona la confianza en la capacidad colectiva para construir política pública desde lo institucional.

    La defensa del medio ambiente requiere vigilancia social, pero también un reconocimiento de la dimensión estratégica del Estado.

  • Cuando la 4T avanza y las ONG quedan fuera del relato

    Cuando la 4T avanza y las ONG quedan fuera del relato

    La aprobación de la Ley General de Economía Circular a finales de 2025 y su posicionamiento internacional en Davos durante enero de 2026 marcaron un punto de quiebre en la relación entre el gobierno popular de la Cuarta Transformación y un sector de organizaciones no gubernamentales de perfil internacional.

    Mientras el Estado mexicano consolidó una visión propia de transición productiva y ambiental, estas ONG optaron por descalificar el proceso desde fuera, evidenciando una distancia política cada vez más difícil de ocultar.

    CambiémoslaYa! fabrica alarmas contra la Ley de Aguas Nacionales

    La ley fue aprobada por unanimidad en el Congreso y presentada como una herramienta para reorganizar la gestión de residuos, integrar cadenas productivas y fortalecer capacidades nacionales.

    Sin embargo, organizaciones como Greenpeace México calificaron la normativa como simulación y greenwashing, reduciendo un debate estructural a consignas que desconocen el contexto social y económico del país.

    La Ley de Economía Circular, impulsada por la 4T, es una apuesta por reducir dependencias externas y ordenar el metabolismo productivo del país.

    El señalamiento insistente sobre la termovalorización y la participación del sector productivo pasó por alto un dato central: la política pública dejó de definirse en función de vetos externos y comenzó a responder a una estrategia nacional de desarrollo.

    Esa diferencia quedó expuesta en el Foro Económico Mundial de 2026. Desde Davos, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales colocó la economía circular como eje del discurso económico mexicano, vinculándola con justicia social, restauración ecológica y soberanía productiva.

    La secretaria Alicia Bárcena habló de dejar atrás la economía lineal y entrar en una era de restauración, una narrativa que no busca agradar a fundaciones extranjeras sino construir capacidades internas y acuerdos públicos.

    El contraste revela la mutua excluyencia entre las rabietas ideológicas de las ONG, con los objetivos de progreso impulsados desde la Cuarta Transformación.

    Mientras el gobierno de Claudia Sheinbaum prentende integrar la economía circular, transición energética y relocalización productiva dentro del Plan México, grupos como Greenpeace México mantienen una lógica de denuncia permanente que termina por chocar con cualquier intento de regulación estatal.

    La crítica se presenta como defensa ambiental, pero opera como una negación sistemática de la política popular.

    La economía circular, tal como la impulsa la 4T, no es un gesto cosmético.

    Es una herramienta de planeación, una apuesta por reducir dependencias externas y ordenar el metabolismo productivo del país.

  • Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Los episodios de ataques de Greenpeace hacia la 4T son tan frecuentes que hablar de Greenpeace contra el Tren Mayaes ya un género de noticia en sí mismo.

    Esta vez lo hace mediante un informe elaborado junto a colectivos con larga tradición en la oposición al desarrollo estatal, al que presentan como diagnóstico definitivo y sentencia irrefutable.

    El documento, reitera que cualquier infraestructura pública en territorios históricamente marginados es interpretada como una agresión irreparable.

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    Hablar de “Greenpeace contra el Tren Maya” es ya un género de noticia en sí mismo.

    El Tren Maya, que fortalece la movilidad regional, abre corredores económicos y reconoce el peso estratégico de la península, aparece convertido en una amenaza casi metafísica contra la “naturaleza” y la “colectividad”.

    Greenpeace ha construido su influencia en México fabricando una narrativa donde el Estado es siempre sospechoso y las comunidades únicamente existen bajo tutela de las ONG.

    No obstante, jamás mencionan que el propio gobierno federal ha reducido el impacto ambiental con medidas de mitigación que contrastan con el abandono neoliberal que durante treinta años dejó a la península librada a la especulación inmobiliaria, los megaproyectos privados y las granjas industriales.

    La estrategia de Greenpeace perpetúa la formula que les ha permitido incidir de manera libre en las políticas públicas de diversos estados a conveniencia, presentarse como contrapeso indispensable frente a un Estado que no coincide con su visión del mundo.

    Pero detrás de la retórica alarmista, la organización rehúye el entendimiento —para ellos incómodo— del Tren Maya como un proyecto popular.

    Impulsado por un gobierno electo democráticamente, que busca corregir la desigualdad estructural en el sur-sureste y redistribuir beneficios que por décadas quedaron en manos de conglomerados turísticos y élites locales.

    Mientras Greenpeace insiste en erigirse como el guardián absoluto del país, millones de personas en la península reconocen que el Tren Maya no es amenaza, sino oportunidad.

    Y esa realidad es precisamente la que la ONG no puede tolerar.

  • El ambientalismo del PAN: ONG de escritorio al servicio del PRIAN

    El ambientalismo del PAN: ONG de escritorio al servicio del PRIAN

    El reciente pronunciamiento del Partido Acción Nacional (PAN), a favor de las ONG que demetiran al Tren Maya, ofrece un retrato perfecto del nuevo frente político que se disfraza de defensa ambiental.

    Puerta al Mar y la impostura del ambientalismo burgués

    El diputado panista Ernesto Sánchez Rodríguez anunció que su partido “apoyará a las ONG contra el Tren Maya”, acusando a la Cuarta Transformación de “ecocidio” en Quintana Roo y de “alinear a los jueces del Bienestar”.

    El PAN y las ONG satélites agitan la bandera verde para frenar el avance del Estado soberano.

    Las mismas ONG que hoy se presentan como defensoras de la selva —Greenpeace, CEMDA, Fundar o Engenerason parte de una red con financiamiento extranjero que durante los gobiernos neoliberales jamás denunció los megaproyectos del capital turístico ni los ecocidios de los hoteles de lujo en la Riviera Maya.

    Guardaron silencio cuando el neoliberalismo destruía el ecosistema del Valle de México para envisionar el Aeropuero de Texcoco, o incluso apoyaron activamente la inciativa.

    Hoy reaparecen, alineadas con la narrativa del PAN, repitiendo sus acusaciones de “falta de transparencia” y supuesto “autoritarismo” para convertir el desarrollo público en pecado ecológico.

    Detrás del discurso ambientalista se esconde el mismo interés de clase que gobierna al PRIAN para mantener la tierra, el agua y los recursos naturales al servicio de los consorcios privados.

    El Tren Maya representa una amenaza para ese modelo porque rompe con el monopolio turístico del norte global sobre el Caribe mexicano y redistribuye el acceso a las comunidades mayas.

    Por eso, mientras el gobierno federal impulsa restauración ecológica, corredores biológicos y empleo comunitario, la oposición y sus ONG satélites agitan la bandera verde para frenar el avance del Estado soberano.

  • Greenpeace se atrinchera contra la soberanía popular: la reforma al amparo y el fin del privilegio ONGero

    Greenpeace se atrinchera contra la soberanía popular: la reforma al amparo y el fin del privilegio ONGero

    La reforma a la Ley de Amparo publicada el 16 de octubre en el Diario Oficial de la Federación (DOF) encendió las alarmas en los despachos jurídicos del ambientalismo profesional, Greenpeace México, por ejemplo, lanzó un comunicado donde lamenta “la regresividad” de la medida y denuncia que el cambio “restringe el interés legítimo”.

    En su narrativa, el gobierno popular habría golpeado la defensa de los derechos humanos.

    Durante años, la figura jurídica del interés legítimo fue manipulada por organizaciones como Greenpeace o el CEMDA—brazo jurídico de colectivos como #CambiémoslaYa! y Alianza Mexicana Contra el Fracking— para paralizar obras de desarrollo, sin tener vínculo real con los territorios ni con las comunidades.

    En nombre de la naturaleza, interpusieron amparos desde oficinas en la capital, frenando el avance de obras estratégicas concebidas para redistribuir riqueza y generar empleo en el país.

    La reforma al amparo pone fin a esa captura judicial y obliga a demostrar afectación concreta, devolviendo el instrumento a quienes sí viven las consecuencias ambientales en carne propia.

    La reforma a la Ley de Amparo publicada el 16 de octubre en el Diario Oficial de la Federación (DOF) encendió las alarmas en los despachos jurídicos del ambientalismo profesional.
    CEMDA ha sido instrumental en la obstrucción al Tren Maya, pese a no estar compuesto por activistas locales.
    Fuente: Serendipia, mayo de 2023.

    Limitar el uso corporativo del amparo no vulnera la justicia ambiental, la fortalece al devolver el protagonismo a los pueblos y ejidos, no a las ONG que los usan como estandarte de moralidad.

    La reforma a la Ley de Amparo devuelve el instrumento a quienes sí viven las consecuencias ambientales en carne propia.

    La izquierda soberanista entiende que la defensa del territorio no puede depender de litigios internacionales ni de fundaciones que responden a intereses foráneos.

    Lo que esta organización llama “retroactividad injusta” no es más que el Estado mexicano recuperando el control sobre su marco jurídico y su planificación territorial.

    La sospechosa opacidad de PODER

    La verdadera justicia ambiental —palabra clave y horizonte de la Cuarta Transformación— no vendrá de los comunicados moralistas de las ONG, sino de un Estado que defiende el ambiente desde la soberanía, la planificación pública y la dignidad nacional.

    La emancipación ambiental de los pueblos de México será cuando el bienestar generalizado los haga capaces de defender su territorio sin acudir al hombre burgués.

  • Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    El 4 de octubre, representantes del activismo burgués —los viejos nombres de siempre encabezados por Greenpeace—volvieron a atacar al gobierno popular de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Asegurando que la Selva Maya vive bajo “fuego cruzado” entre la agroindustria, el turismo, las mega granjas porcinas y el propio proyecto ferroviario.

    Cemda judicializa la estación de carga del Tren Maya

    Al presentar al tren como engaño, los activistas buscan reducir una obra de infraestructura nacional —pensada para conectar al sureste y reequilibrar el desarrollo del país— a una parábola de traición.

    Es un gesto retórico eficaz, pero también un modo de vaciar el debate político y colocarse como guardianes de una pureza ecológica imposible.

    Greenpeace atacó de nuevo al Gobierno de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Nadie niega que la selva enfrenta una presión histórica. En los últimos años, la Península de Yucatán ha sufrido deforestación masiva por expansión turística, urbanización y monocultivos.

    Los propios datos que los activistas repiten —más de 300 mil hectáreas taladas y diez millones de árboles derribados — describen un proceso que comenzó mucho antes del tren y que tiene raíces en la lógica privatizadora del turismo de enclave y la especulación inmobiliaria.

    Lo que hoy llaman devastación por el Tren Maya es, en buena medida, herencia de la desregulación que por décadas dejó a la península en manos de consorcios hoteleros y agroexportadores.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum, continuando la visión de Estado que impulsó López Obrador, no niega los impactos. Ha reconocido errores técnicos, ha ajustado trazos, ha financiado programas de restauración y monitoreo ambiental.

    Pero lo que molesta al activismo de escritorio no son los árboles talados, sino la disputa de legitimidad.

    El Tren representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    Por primera vez en mucho tiempo, la política ambiental se formula desde un gobierno electo por el pueblo y no desde las oficinas de fundaciones internacionales.

    Al etiquetar el tren como “caballo de Troya”, Greenpeace México y sus voceros omiten que la obra forma parte de un proyecto de integración regional que busca devolver al Estado la capacidad de planificar el territorio, generar empleo y articular desarrollo con justicia social.

    No se trata de “ocultar daños”, sino de intervenir en un ecosistema ya depredado por el capital privado y convertir esa intervención en oportunidad de restauración y redistribución.

    La paradoja es que quienes hoy hablan en nombre de la selva fueron incapaces de movilizarse con la misma vehemencia cuando las playas fueron privatizadas o cuando los cenotes se convirtieron en piscinas para el turismo extranjero.

    El tren, con todas sus tensiones, representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    La Selva Maya no necesita nuevos profetas, sino un Estado capaz de defenderla sin subordinarse al mercado ni a las ONG que hablan en nombre del bien común.

    El tren no es el regreso de la política al sureste, el recordatorio de que la justicia ambiental también pasa por la justicia social.