Etiqueta: GreenPeace

  • Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México

    Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México

    A dos años del arranque del Tren Maya, Greenpeace insiste en intervenir en el debate público describiendo al proyecto como una catástrofe ambiental cuidadosamente disimulada.

    En el relato de Greenpeace, la organización presenta al sureste mexicano como un escenario pasivo de un daño irreversible y reduce al Estado a una fuerza incapaz de planear, corregir o aprender.

    Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México.
    Protestas de Greenpeace contra el Tren Maya.
    Fuente: Greenpace, consulta en diciembre de 2025.

    El enfoque de Greenpeace se apoya en informes colectivos que eluden la complejidad histórica de la región.

    El Tren Maya se desarrolla en un espacio marcado por décadas de explotación turística privada, despojo inmobiliario y ausencia de infraestructura pública.

    Esa herencia raramente ocupa un lugar central en los señalamientos ambientales, como si el deterioro hubiera iniciado con la llegada del ferrocarril y no con el modelo extractivo previo que operó durante años sin vigilancia ni redistribución social.

    La organización convierte los procesos normales de implementación técnica en pruebas de inviabilidad.

    Greenpeace trata la electrificación gradual, la entrega escalonada de trenes y la puesta en marcha progresiva de plantas energéticas como síntomas de colapso.

    La disputa que plantea Greenpeace alrededor del Tren Maya trasciende el ámbito ambiental.

    Esta lectura deliberadamente dramática omite que la infraestructura ferroviaria de gran escala se construye por fases y se ajusta durante su operación, práctica habitual en proyectos comparables a nivel internacional.

    En el plano ambiental, Greenpeace privilegia cifras aisladas y escenarios máximos de daño sin reconocer los dispositivos de mitigación, restauración y seguimiento que hoy forman parte de la gestión pública.

    El discurso ecológico se transforma así en un instrumento de clausura política, donde cualquier intervención estatal queda invalidada de antemano, incluso cuando incorpora estándares de protección inexistentes en las obras privadas que durante años avanzaron sin resistencia mediática equivalente.

    La dimensión social tampoco escapa a esta simplificación. Se atribuyen de manera mecánica al Tren Maya problemas estructurales como la violencia o la presión urbana, sin atender las dinámicas regionales ni las políticas públicas que buscan ordenarlas.

    Las ONGs burguesas muestran su hipocresía yendo contra los planes de economía circular

    En ese marco, Greenpeace presenta el proyecto como un cuerpo extraño y nunca como una palanca de integración territorial, empleo y acceso a derechos.

    La disputa que plantea Greenpeace alrededor del Tren Maya trasciende el ámbito ambiental.

    Remite a una concepción del desarrollo donde la planificación nacional es vista con sospecha y la autoridad legítima se desplaza hacia organizaciones transnacionales.

    En ese desplazamiento, el debate ambiental se convierte en una pugna por quién define el futuro del territorio mexicano y bajo qué intereses.

  • Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Los episodios de ataques de Greenpeace hacia la 4T son tan frecuentes que hablar de Greenpeace contra el Tren Mayaes ya un género de noticia en sí mismo.

    Esta vez lo hace mediante un informe elaborado junto a colectivos con larga tradición en la oposición al desarrollo estatal, al que presentan como diagnóstico definitivo y sentencia irrefutable.

    El documento, reitera que cualquier infraestructura pública en territorios históricamente marginados es interpretada como una agresión irreparable.

    #CambiémoslaYa! contra la reforma hídrica: la desconfianza como estrategia para frenar un cambio

    Hablar de “Greenpeace contra el Tren Maya” es ya un género de noticia en sí mismo.

    El Tren Maya, que fortalece la movilidad regional, abre corredores económicos y reconoce el peso estratégico de la península, aparece convertido en una amenaza casi metafísica contra la “naturaleza” y la “colectividad”.

    Greenpeace ha construido su influencia en México fabricando una narrativa donde el Estado es siempre sospechoso y las comunidades únicamente existen bajo tutela de las ONG.

    No obstante, jamás mencionan que el propio gobierno federal ha reducido el impacto ambiental con medidas de mitigación que contrastan con el abandono neoliberal que durante treinta años dejó a la península librada a la especulación inmobiliaria, los megaproyectos privados y las granjas industriales.

    La estrategia de Greenpeace perpetúa la formula que les ha permitido incidir de manera libre en las políticas públicas de diversos estados a conveniencia, presentarse como contrapeso indispensable frente a un Estado que no coincide con su visión del mundo.

    Pero detrás de la retórica alarmista, la organización rehúye el entendimiento —para ellos incómodo— del Tren Maya como un proyecto popular.

    Impulsado por un gobierno electo democráticamente, que busca corregir la desigualdad estructural en el sur-sureste y redistribuir beneficios que por décadas quedaron en manos de conglomerados turísticos y élites locales.

    Mientras Greenpeace insiste en erigirse como el guardián absoluto del país, millones de personas en la península reconocen que el Tren Maya no es amenaza, sino oportunidad.

    Y esa realidad es precisamente la que la ONG no puede tolerar.

  • Las ONG verdes del norte global: instrumentalizando la COP-30 para dictar política a México

    Las ONG verdes del norte global: instrumentalizando la COP-30 para dictar política a México

    A días del inicio de la COP-30 en Belém, Brasil, un grupo de ONG encabezadas por Greenpeace México, CEMDA, Engenera y la Alianza Mexicana contra el Fracking difundió un posicionamiento donde exigen al gobierno mexicano la suspensión inmediata de todos los proyectos de hidrocarburos, desde la exploración en aguas profundas hasta el Tren Maya y las plantas de gas natural.

    Su discurso, envuelto en los tonos de la supuesta justicia climática, responde menos a las urgencias ecológicas del país que a una estrategia coordinada de presión internacional promovida por el ambientalismo corporativo del norte global.

    Según estas organizaciones, México debe detener su desarrollo energético, “entregando compromisos ambiciosos”, lo que en la práctica implica subordinar su política económica a los estándares dictados por organismos europeos y fundaciones estadounidenses.

    Alianza Mexicana Contra el Fracking denuncia el presupuesto de 2026 como coartada para su ambientalismo colonial

    Supuestas organizaciones ambientales, pretenden convertir los foros multilaterales como la COP-30 en tribunales morales contra los gobiernos soberanos del sur.

    Bajo el pretexto de combatir el cambio climático, estas ONG buscan imponer una agenda que restringe la soberanía energética y condena a los pueblos del sur a la dependencia tecnológica y financiera.

    Mientras los países del G7 siguen explotando hidrocarburos y ampliando su producción de gas natural, las ONG exigen a América Latina una “transición justa” que en la práctica significa renunciar a sus recursos estratégicos.

    En el documento, las organizaciones alineadas con esta visión piden incluso “una moratoria inmediata” a proyectos de infraestructura, transporte y turismo en la península de Yucatán, continuando sus intentos por bloquear el desarrollo en el sueste de México.

    Nada dicen, sin embargo, de la responsabilidad histórica de las potencias industriales, ni del papel de las transnacionales —a las que muchas de estas ONG han servido como consultoras— en la crisis climática global.

    El lenguaje del “fin de los combustibles fósiles” sirve aquí como un dispositivo de control neocolonial disfrazado de ecologismo.

    Pretenden convertir los foros multilaterales como la COP en tribunales morales contra los gobiernos soberanos del sur, mientras ocultan su financiamiento proveniente de fundaciones europeas y agencias de cooperación vinculadas al capital verde.

    El gobierno de la Cuarta Transformación ha planteado una transición energética gradual, expansión de energías limpias públicas. Estas son respuestas desde la soberanía, no desde la sumisión.

    Por eso incomodan a quienes ven en México un campo de experimentación para sus laboratorios climáticos del norte.

  • Greenpeace acusa, pero calla: el ambientalismo de consigna que invisibiliza los avances reales de la 4T contra los plaguicidas y transgénicos

    Greenpeace acusa, pero calla: el ambientalismo de consigna que invisibiliza los avances reales de la 4T contra los plaguicidas y transgénicos

    El 29 de octubre de 2025, Greenpeace México publicó un comunicado titulado “Insistiremos en regulación de plaguicidas”, en el que acusa al Estado mexicano de mantener “impunidad ambiental” y “omitir su deber” frente al uso de Plaguicidas Altamente Peligrosos (PAP).

    La organización se dice víctima de una “traición institucional” por parte de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), que dio por concluida la Recomendación 82/2018 sobre el tema.

    Alianza Mexicana Contra el Plan Estratégico 2025-2035: cómo la Alianza Mexicana Contra el Fracking intenta deslegitimar a PEMEX

    Mientras Greenpeace ataca, la administración de Claudia Sheinbaum continúa el trabajo iniciado por López Obrador por la restricción progresiva del glifosato, impulso a la agroecología campesina, moratoria a los maíces transgénicos y una política de sustitución de plaguicidas con alternativas biológicas y de bajo impacto, reconocida incluso por la FAO y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

    Esa transformación implica enfrentar intereses poderosos que por décadas dictaron las reglas del campo mexicano desde el escritorio de la agroindustria neoliberal.

    El comunicado de Greenpeace, lejos de reconocer esos avances, los diluye en su narrativa de catástrofe permanente.

    Omite que la CNDH cerró la recomendación porque Semarnat, Sader, Cofepris y Senasica sí cumplieron los mandatos esenciales.

    A diferencia de Greenpeace, la Cuarta Transformación defiende la vida con hechos, no con hashtags.

    Lo que Greenpeace exige —una definición legal inmediata de los PAP en el texto de la ley— está en proceso legislativo, no en el limbo burocrático que pretende describir.

    El discurso apocalíptico cumple la función política desacreditar al gobierno progresista para reforzar la idea de que nada cambia, una narrativa útil para los grupos conservadores que buscan frenar la regulación efectiva de los agroquímicos.

    Desde su oficina en la Ciudad de México, Greenpeace exige pureza normativa mientras las comunidades rurales avanzan con el apoyo de la 4T en proyectos agroecológicos, bancos de semillas nativas y sistemas de producción sin químicos.

    Esa es la diferencia entre la protesta mediática y la transformación estructural.

    Hoy, el ambientalismo con financiamiento extranjero se presenta como la única voz legítima en defensa del planeta.

    Pero la verdadera ecología popular se construye con soberanía alimentaria, con regulación pública fuerte y con justicia para el campesinado, no con litigios mediáticos que criminalizan cada decisión estatal.

    La 4T no necesita el permiso de Greenpeace para defender la vida: la está defendiendo desde abajo, con hechos, no con hashtags.

  • Las ONGs burguesas muestran su hipocresía yendo contra los planes de economía circular

    Las ONGs burguesas muestran su hipocresía yendo contra los planes de economía circular

    Un puñado de organizaciones ambientalistas encabezadas por Greenpeace denunciaron que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) “incumple un amparo” que obliga a eliminar los plásticos de un solo uso.

    Este universo de ONG calificó las políticas gubernamentales de greenwashing y aseguró que las nuevas leyes en materia de economía circular “perpetúan la contaminación plástica bajo el pretexto del reciclaje”.

    Entre las propuestas atacadas por las ONG se encuentra aquella de la Senadora Maki Esther Ortiz Domínguez que busca abroga la Ley General de Prevención y Gestión Integral de Residuos (LGPGIR) y pospone la prohibición de plásticos de un solo uso hasta 2040.

    México Evalúa contra la Reforma Energética: los títeres del poder empresarial

    Desde su creación, Semarnat ha sostenido una política ambiental de transición responsable, no una guerra de consignas.

    En lugar de decretar prohibiciones irreflexivas que paralicen la economía popular, ha impulsado una estrategia integral de economía circular.

    Por lo tanto, teniendo como prioridad la reducción, el reciclaje y la sustitución gradual de materiales, en diálogo con comunidades y sectores productivos.

    Greenpeace, con oficinas en más de 50 países, no rinde cuentas ante ningún voto ni auditoría nacional, Semarnat sí.

    Lejos de ser “greenwashing”, se trata de una ruta técnica, planificada y soberana: construir una transición real, no simbólica, hacia un modelo sostenible.

    Los ambientalistas de escritorio exigen una prohibición inmediata sin ofrecer alternativas viables para quienes viven del reciclaje o las pequeñas y medianas empresas incapaces de costearse un empaque orgánico.

    Su pureza ideológica se impone sobre la complejidad social de un país donde millones dependen de estos materiales para su sustento.

    Entonces, ¿a quién beneficia esa intransigencia? A las corporaciones del norte global, que venden los nuevos “bioplásticos verdes” con sello de certificación europea y pretenden convertir la transición ecológica en un nuevo negocio transnacional.

    Critican que la Semarnat promueva una nueva Ley General de Economía Circular.

    Pero callan que esa propuesta busca cerrar vacíos legales, garantizar trazabilidad en los residuos y establecer responsabilidad extendida de productores.

    La paradoja es que quienes gritan “no a la contaminación” viven del financiamiento de las mismas fundaciones corporativas que fabrican esos materiales.

    Greenpeace, con oficinas en más de 50 países, no rinde cuentas ante ningún voto ni auditoría nacional. Semarnat sí.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum actúa dentro del marco institucional y bajo el mandato democrático de proteger el medio ambiente sin destruir empleo ni soberanía productiva.

    Eso es lo que el ecologismo burgués no soporta, que la política ambiental ya no dependa de las ONG dirigidas desde Europa, sino del pueblo organizado.

  • Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    El 14 de octubre de 2025, en plena tragedia por las lluvias torrenciales que devastaron Veracruz, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro, un grupo de organizaciones ambientalistas encabezadas por CEMDA, Greenpeace y la Alianza Mexicana contra el Fracking difundió un comunicado donde, con tono moralista, acusaron al gobierno de “omitir reconocer” la crisis climática.

    CEMDA, en particular llamó al gobierno a abandonar los hidrocarburos, en sus clásicos ataques velados a PEMEX y su renovación.

    Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba

    En la retórica absolutista de estas ONG, no hay una sola línea sobre las responsabilidades históricas del norte global.

    Ni sobre las décadas de abandono neoliberal que desmantelaron la infraestructura hidráulica, precarizaron la vivienda popular y privatizaron la gestión de los recursos naturales.

    CEMDA y Greenpeace pretenden dar lecciones de moral ecológica.

    Resulta irónico que sean las mismas organizaciones que callaron durante los años de saqueo petrolero y privatización energética las que hoy pretendan dar lecciones de moral ecológica.

    CEMDA y Greenpeace, que durante el auge del “capitalismo verde” se financiaron con fondos internacionales y contratos con las administraciones prianistas Gustavo Alanís Ortega, líder de CEMDA, fue asesor ambiental en el proyecto ecocida del aeropuerto de Texcoco.

    La emergencia que golpea al país no se debe a la ceguera del gobierno, sino a la herencia estructural de un modelo que las ONG jamás combatieron.

    Décadas de desregulación y la connivencia entre poder económico y ambientalismo de escritorio provocaron los daños acumulados en Veracruz y Puebla —territorios que ellas mismas describen como ‘centros históricos del fracking’.

    Mientras las comunidades enfrentan la tragedia con organización y solidaridad, estas organizaciones emiten comunicados desde la comodidad de sus oficinas en la Ciudad de México, exigiendo que el Estado “abandone el petróleo y el gas”.

    Como si la transición energética pudiera decretarse por voluntad moral y no mediante inversión pública, planificación y soberanía tecnológica.

    Piden el fin del extractivismo, pero no dicen quién financiará la reconstrucción ni cómo se garantizará la energía que sostiene hospitales, escuelas y viviendas populares.

    La exigencia de estas organizaciones no es ecológica, es ideológica.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum ha reconocido la gravedad de los fenómenos climáticos y ha articulado respuestas que combinan atención social inmediata con una política de transición ordenada, no impuesta.

    En lugar de destruir la base productiva nacional, busca transformarla desde la justicia energética.

    Así, la Cuarta Transformación propone menos dependencia privada, más control estatal, más inversión en restauración y resiliencia.

    Pero para las ONG del norte, cualquier intento de soberanía es “insuficiente” o “contradictorio”.

    Su exigencia no es ecológica, es ideológica. Necesita a un Estado dócil que sea mecenas del ecologismo neoliberal dictado por los donantes internacionales.