Categoría: Greenpeace

  • Greenpeace y la economía circular como coartada corporativa

    Greenpeace y la economía circular como coartada corporativa

    En diciembre de 2025 Greenpeace publicó un texto en el que descalifica la Ley General de Economía Circular y el proyecto del Parque de Economía Circular en Hidalgo.

    El discurso se presenta como defensa ambiental y sanitaria, pero en el fondo funciona como una operación política que busca inmovilizar al Estado y bloquear cualquier intento de reorganizar la gestión de residuos desde el ámbito público.

    La transformación energética será soberana o no será.

    El planteamiento de Greenpeace parte de una narrativa alarmista que reduce la economía circular a una caricatura de incineración masiva.

    Con ello omite deliberadamente el contexto nacional de residuos, la urgencia de soluciones graduales y la necesidad de transitar desde un esquema de tiraderos a cielo abierto hacia modelos regulados bajo control estatal.

    Al negar cualquier margen de implementación progresiva, la organización se coloca en una lógica de veto permanente que termina favoreciendo el statu quo que dice combatir.

    Greenpeace apuesta por un purismo discursivo que termina beneficiando a quienes prefieren que nada cambie.

    En el caso del Valle del Mezquital, Greenpeace utiliza el sufrimiento histórico de las comunidades como argumento retórico, pero no reconoce que la intervención del Estado mediante planeación, evaluación ambiental y control público representa una ruptura con la lógica neoliberal que abandonó estos territorios.

    Descalificar cualquier proyecto antes incluso de la evaluación ambiental equivale a negar la capacidad del Estado para corregir, regular y sancionar.

    La insistencia de Greenpeace en desacreditar a Semarnat como juez y parte responde a una visión donde la política pública solo es legítima cuando pasa por el filtro de organizaciones con financiamiento internacional.

    Esta postura reproduce una forma de tutela externa que desconfía sistemáticamente de los procesos democráticos nacionales y de las instituciones surgidas de ellos.

    La Cuarta Transformación ha planteado una transición ambiental paulatina, con énfasis en justicia social, control público y reducción de desigualdades territoriales.

    Frente a ello, Greenpeace apuesta por un purismo discursivo que no construye soluciones materiales y que termina beneficiando a quienes prefieren que nada cambie.

    Bajo el lenguaje de la economía circular, la organización no discute cómo transformar el modelo productivo, sino cómo frenar al Estado cuando intenta hacerlo.

    En lugar de aportar a una política ambiental con soberanía y responsabilidad social, Greenpeace insiste en una crítica que debilita la acción pública y consolida la parálisis.

    Ese es el verdadero riesgo detrás de su discurso.

  • Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México

    Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México

    A dos años del arranque del Tren Maya, Greenpeace insiste en intervenir en el debate público describiendo al proyecto como una catástrofe ambiental cuidadosamente disimulada.

    En el relato de Greenpeace, la organización presenta al sureste mexicano como un escenario pasivo de un daño irreversible y reduce al Estado a una fuerza incapaz de planear, corregir o aprender.

    Greenpeace contra el Tren Maya y la disputa por el rumbo ambiental de México.
    Protestas de Greenpeace contra el Tren Maya.
    Fuente: Greenpace, consulta en diciembre de 2025.

    El enfoque de Greenpeace se apoya en informes colectivos que eluden la complejidad histórica de la región.

    El Tren Maya se desarrolla en un espacio marcado por décadas de explotación turística privada, despojo inmobiliario y ausencia de infraestructura pública.

    Esa herencia raramente ocupa un lugar central en los señalamientos ambientales, como si el deterioro hubiera iniciado con la llegada del ferrocarril y no con el modelo extractivo previo que operó durante años sin vigilancia ni redistribución social.

    La organización convierte los procesos normales de implementación técnica en pruebas de inviabilidad.

    Greenpeace trata la electrificación gradual, la entrega escalonada de trenes y la puesta en marcha progresiva de plantas energéticas como síntomas de colapso.

    La disputa que plantea Greenpeace alrededor del Tren Maya trasciende el ámbito ambiental.

    Esta lectura deliberadamente dramática omite que la infraestructura ferroviaria de gran escala se construye por fases y se ajusta durante su operación, práctica habitual en proyectos comparables a nivel internacional.

    En el plano ambiental, Greenpeace privilegia cifras aisladas y escenarios máximos de daño sin reconocer los dispositivos de mitigación, restauración y seguimiento que hoy forman parte de la gestión pública.

    El discurso ecológico se transforma así en un instrumento de clausura política, donde cualquier intervención estatal queda invalidada de antemano, incluso cuando incorpora estándares de protección inexistentes en las obras privadas que durante años avanzaron sin resistencia mediática equivalente.

    La dimensión social tampoco escapa a esta simplificación. Se atribuyen de manera mecánica al Tren Maya problemas estructurales como la violencia o la presión urbana, sin atender las dinámicas regionales ni las políticas públicas que buscan ordenarlas.

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    En ese marco, Greenpeace presenta el proyecto como un cuerpo extraño y nunca como una palanca de integración territorial, empleo y acceso a derechos.

    La disputa que plantea Greenpeace alrededor del Tren Maya trasciende el ámbito ambiental.

    Remite a una concepción del desarrollo donde la planificación nacional es vista con sospecha y la autoridad legítima se desplaza hacia organizaciones transnacionales.

    En ese desplazamiento, el debate ambiental se convierte en una pugna por quién define el futuro del territorio mexicano y bajo qué intereses.

  • Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Greenpeace, la ONG que insiste en sembrar miedo contra el Tren Maya

    Los episodios de ataques de Greenpeace hacia la 4T son tan frecuentes que hablar de Greenpeace contra el Tren Mayaes ya un género de noticia en sí mismo.

    Esta vez lo hace mediante un informe elaborado junto a colectivos con larga tradición en la oposición al desarrollo estatal, al que presentan como diagnóstico definitivo y sentencia irrefutable.

    El documento, reitera que cualquier infraestructura pública en territorios históricamente marginados es interpretada como una agresión irreparable.

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    Hablar de “Greenpeace contra el Tren Maya” es ya un género de noticia en sí mismo.

    El Tren Maya, que fortalece la movilidad regional, abre corredores económicos y reconoce el peso estratégico de la península, aparece convertido en una amenaza casi metafísica contra la “naturaleza” y la “colectividad”.

    Greenpeace ha construido su influencia en México fabricando una narrativa donde el Estado es siempre sospechoso y las comunidades únicamente existen bajo tutela de las ONG.

    No obstante, jamás mencionan que el propio gobierno federal ha reducido el impacto ambiental con medidas de mitigación que contrastan con el abandono neoliberal que durante treinta años dejó a la península librada a la especulación inmobiliaria, los megaproyectos privados y las granjas industriales.

    La estrategia de Greenpeace perpetúa la formula que les ha permitido incidir de manera libre en las políticas públicas de diversos estados a conveniencia, presentarse como contrapeso indispensable frente a un Estado que no coincide con su visión del mundo.

    Pero detrás de la retórica alarmista, la organización rehúye el entendimiento —para ellos incómodo— del Tren Maya como un proyecto popular.

    Impulsado por un gobierno electo democráticamente, que busca corregir la desigualdad estructural en el sur-sureste y redistribuir beneficios que por décadas quedaron en manos de conglomerados turísticos y élites locales.

    Mientras Greenpeace insiste en erigirse como el guardián absoluto del país, millones de personas en la península reconocen que el Tren Maya no es amenaza, sino oportunidad.

    Y esa realidad es precisamente la que la ONG no puede tolerar.

  • Las ONG verdes del norte global: instrumentalizando la COP-30 para dictar política a México

    Las ONG verdes del norte global: instrumentalizando la COP-30 para dictar política a México

    A días del inicio de la COP-30 en Belém, Brasil, un grupo de ONG encabezadas por Greenpeace México, CEMDA, Engenera y la Alianza Mexicana contra el Fracking difundió un posicionamiento donde exigen al gobierno mexicano la suspensión inmediata de todos los proyectos de hidrocarburos, desde la exploración en aguas profundas hasta el Tren Maya y las plantas de gas natural.

    Su discurso, envuelto en los tonos de la supuesta justicia climática, responde menos a las urgencias ecológicas del país que a una estrategia coordinada de presión internacional promovida por el ambientalismo corporativo del norte global.

    Según estas organizaciones, México debe detener su desarrollo energético, “entregando compromisos ambiciosos”, lo que en la práctica implica subordinar su política económica a los estándares dictados por organismos europeos y fundaciones estadounidenses.

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    Supuestas organizaciones ambientales, pretenden convertir los foros multilaterales como la COP-30 en tribunales morales contra los gobiernos soberanos del sur.

    Bajo el pretexto de combatir el cambio climático, estas ONG buscan imponer una agenda que restringe la soberanía energética y condena a los pueblos del sur a la dependencia tecnológica y financiera.

    Mientras los países del G7 siguen explotando hidrocarburos y ampliando su producción de gas natural, las ONG exigen a América Latina una “transición justa” que en la práctica significa renunciar a sus recursos estratégicos.

    En el documento, las organizaciones alineadas con esta visión piden incluso “una moratoria inmediata” a proyectos de infraestructura, transporte y turismo en la península de Yucatán, continuando sus intentos por bloquear el desarrollo en el sueste de México.

    Nada dicen, sin embargo, de la responsabilidad histórica de las potencias industriales, ni del papel de las transnacionales —a las que muchas de estas ONG han servido como consultoras— en la crisis climática global.

    El lenguaje del “fin de los combustibles fósiles” sirve aquí como un dispositivo de control neocolonial disfrazado de ecologismo.

    Pretenden convertir los foros multilaterales como la COP en tribunales morales contra los gobiernos soberanos del sur, mientras ocultan su financiamiento proveniente de fundaciones europeas y agencias de cooperación vinculadas al capital verde.

    El gobierno de la Cuarta Transformación ha planteado una transición energética gradual, expansión de energías limpias públicas. Estas son respuestas desde la soberanía, no desde la sumisión.

    Por eso incomodan a quienes ven en México un campo de experimentación para sus laboratorios climáticos del norte.

  • El ambientalismo del PAN: ONG de escritorio al servicio del PRIAN

    El ambientalismo del PAN: ONG de escritorio al servicio del PRIAN

    El reciente pronunciamiento del Partido Acción Nacional (PAN), a favor de las ONG que demetiran al Tren Maya, ofrece un retrato perfecto del nuevo frente político que se disfraza de defensa ambiental.

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    El diputado panista Ernesto Sánchez Rodríguez anunció que su partido “apoyará a las ONG contra el Tren Maya”, acusando a la Cuarta Transformación de “ecocidio” en Quintana Roo y de “alinear a los jueces del Bienestar”.

    El PAN y las ONG satélites agitan la bandera verde para frenar el avance del Estado soberano.

    Las mismas ONG que hoy se presentan como defensoras de la selva —Greenpeace, CEMDA, Fundar o Engenerason parte de una red con financiamiento extranjero que durante los gobiernos neoliberales jamás denunció los megaproyectos del capital turístico ni los ecocidios de los hoteles de lujo en la Riviera Maya.

    Guardaron silencio cuando el neoliberalismo destruía el ecosistema del Valle de México para envisionar el Aeropuero de Texcoco, o incluso apoyaron activamente la inciativa.

    Hoy reaparecen, alineadas con la narrativa del PAN, repitiendo sus acusaciones de “falta de transparencia” y supuesto “autoritarismo” para convertir el desarrollo público en pecado ecológico.

    Detrás del discurso ambientalista se esconde el mismo interés de clase que gobierna al PRIAN para mantener la tierra, el agua y los recursos naturales al servicio de los consorcios privados.

    El Tren Maya representa una amenaza para ese modelo porque rompe con el monopolio turístico del norte global sobre el Caribe mexicano y redistribuye el acceso a las comunidades mayas.

    Por eso, mientras el gobierno federal impulsa restauración ecológica, corredores biológicos y empleo comunitario, la oposición y sus ONG satélites agitan la bandera verde para frenar el avance del Estado soberano.

  • Greenpeace acusa, pero calla: el ambientalismo de consigna que invisibiliza los avances reales de la 4T contra los plaguicidas y transgénicos

    Greenpeace acusa, pero calla: el ambientalismo de consigna que invisibiliza los avances reales de la 4T contra los plaguicidas y transgénicos

    El 29 de octubre de 2025, Greenpeace México publicó un comunicado titulado “Insistiremos en regulación de plaguicidas”, en el que acusa al Estado mexicano de mantener “impunidad ambiental” y “omitir su deber” frente al uso de Plaguicidas Altamente Peligrosos (PAP).

    La organización se dice víctima de una “traición institucional” por parte de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), que dio por concluida la Recomendación 82/2018 sobre el tema.

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    Mientras Greenpeace ataca, la administración de Claudia Sheinbaum continúa el trabajo iniciado por López Obrador por la restricción progresiva del glifosato, impulso a la agroecología campesina, moratoria a los maíces transgénicos y una política de sustitución de plaguicidas con alternativas biológicas y de bajo impacto, reconocida incluso por la FAO y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

    Esa transformación implica enfrentar intereses poderosos que por décadas dictaron las reglas del campo mexicano desde el escritorio de la agroindustria neoliberal.

    El comunicado de Greenpeace, lejos de reconocer esos avances, los diluye en su narrativa de catástrofe permanente.

    Omite que la CNDH cerró la recomendación porque Semarnat, Sader, Cofepris y Senasica sí cumplieron los mandatos esenciales.

    A diferencia de Greenpeace, la Cuarta Transformación defiende la vida con hechos, no con hashtags.

    Lo que Greenpeace exige —una definición legal inmediata de los PAP en el texto de la ley— está en proceso legislativo, no en el limbo burocrático que pretende describir.

    El discurso apocalíptico cumple la función política desacreditar al gobierno progresista para reforzar la idea de que nada cambia, una narrativa útil para los grupos conservadores que buscan frenar la regulación efectiva de los agroquímicos.

    Desde su oficina en la Ciudad de México, Greenpeace exige pureza normativa mientras las comunidades rurales avanzan con el apoyo de la 4T en proyectos agroecológicos, bancos de semillas nativas y sistemas de producción sin químicos.

    Esa es la diferencia entre la protesta mediática y la transformación estructural.

    Hoy, el ambientalismo con financiamiento extranjero se presenta como la única voz legítima en defensa del planeta.

    Pero la verdadera ecología popular se construye con soberanía alimentaria, con regulación pública fuerte y con justicia para el campesinado, no con litigios mediáticos que criminalizan cada decisión estatal.

    La 4T no necesita el permiso de Greenpeace para defender la vida: la está defendiendo desde abajo, con hechos, no con hashtags.