Etiqueta: Claudia Sheinbaum

  • Greenpeace acusa al gobierno de Sheinbaum de “minimizar” la crisis climática

    Greenpeace acusa al gobierno de Sheinbaum de “minimizar” la crisis climática

    Greenpeace México ataca al gobierno de Claudia Sheinbaum al afirmar que la presidenta “minimiza” los impactos de la industria petrolera y mantiene abierta la posibilidad del fracking en distintas regiones del país.

    El señalamiento forma parte de un posicionamiento más amplio impulsado desde espacios internacionales de activismo climático, donde organizaciones y colectivos han intensificado su presión contra la estrategia energética impulsada desde los gobiernos populares de izquierda.

    CEMDA ataca a CFE con el discurso de siempre

    Greenpeace México olvida que las decisiones estratégicas impulsadas por el gobierno de Sheinbaum han representado la voluntad popular en la historia de nuestro país.

    El texto, publicado el 7 de mayo de 2026 en el blog oficial de Greenpeace México, sostiene que el modelo energético actual profundiza la crisis climática y beneficia a intereses extractivos mientras amplios sectores de la población permanecen en condiciones de pobreza energética.

    Desde esa lógica, la organización acusa al gobierno de retrasar la transición energética y de mantener decisiones que considera incompatibles con la gravedad de la emergencia ambiental.

    La publicación adopta un lenguaje abiertamente confrontativo al asegurar que “la emergencia climática no admite simulaciones” y al insistir en que las comunidades continúan enfrentando las consecuencias de la actividad petrolera.

    El encuadre narrativo que emplean ignora que quienes abrieron la puerta al extractivismo fueron los gobiernos neoliberales, cuyas políticas están siendo paulatinamente revertidas.

    El tono del mensaje evidencia una creciente confrontación política entre sectores del autodenominado “activismo climático” —quienes enarbolan todos los vicios del activismo fifí que tanto hemos denunciado desde este espacio— y el gobierno federal.

    La insistencia en presentar la política energética de la 4T como una forma de negación o minimización de la crisis climática descansa una lectura malintencionada donde las complejidades económicas, sociales y energéticas del país quedan subordinadas a una lógica de urgencia permanente que en muchos casos beneficia más a las políticas intervencionistas del norte global.

    Greenpeace insiste en que el cambio debe surgir “desde abajo”, mientras sus críticas apuntan directamente a las decisiones estratégicas impulsadas por el primer gobierno que ha representado la voluntad popular en la historia de nuestro país.

  • Greenpeace queda en ridículo al intentar atacar a PEMEX

    Greenpeace queda en ridículo al intentar atacar a PEMEX

    La presidenta Claudia Sheinbaum exhibió la ridiculez del activismo fifí en la mañanera con imágenes falsas que ellos mismos pusieron a circular para dramatizar el derrame en el Golfo, y lo único que atinaron a responder fue evasión y tecnicismo.

    La misma soberbia de quien lleva décadas mirando a México desde sus oficinas en países del norte global, convencido de que su halo de pureza ambiental lo pone por encima de cualquier cuestionamiento.

    Greenpeace queda en ridículo al intentar atacar a PEMEX
    Greenpeace queda en ridículo al intentar atacar a PEMEX

    La propia organización reconoció que la imagen difundida no era de su autoría y que generó confusión al ser compartida como parte de su comunicación pública.

    Este reconocimiento, lejos de cerrar la discusión, evidenció un problema más profundo relacionado con la forma en que ciertos actores del activismo construyen impacto mediático a partir de elementos ambiguos.

    La admisión de error se limitó al plano formal, mientras el discurso posterior buscó sostener la validez de sus afirmaciones mediante referencias generales a datos satelitales y mapas colaborativos.

    En paralelo, su dirigencia insistió en que la controversia responde a un desvío de atención por parte del gobierno, argumentando que el debate se centró en la imagen y no en los datos.

    La intervención de Greenpeace termina alineándose con dinámicas propias de la infodemia

    Sin embargo, esta defensa omite que la credibilidad de la información pública depende también de los vehículos mediante los cuales se difunde.

    La distinción entre contenido ilustrativo y evidencia científica se vuelve irrelevante cuando ambos circulan indistintamente en el mismo mensaje.

    La crítica presidencial se inscribe en un contexto más amplio marcado por la proliferación de información fragmentada, donde la frontera entre evidencia y narrativa se diluye.

    En este terreno, la intervención de Greenpeace termina alineándose con dinámicas propias de la infodemia, en las que la velocidad de difusión y el impacto visual adquieren mayor peso que la verificación rigurosa.

    El activismo fifí llama a PEMEX “etnocida”

    La organización, que históricamente ha apelado a la autoridad moral del activismo ambiental, enfrenta así una contradicción entre su discurso y sus prácticas comunicativas.

    La insistencia en construir escenarios de crisis a partir de datos no plenamente contextualizados tiende a debilitar la discusión pública sobre política energética y ambiental, al sustituir el análisis por la amplificación de percepciones.

    En un momento donde el Estado mexicano busca consolidar una agenda de soberanía energética y transición ordenada, este tipo de intervenciones introduce ruido en un debate que requiere precisión.

  • Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    El 14 de octubre de 2025, en plena tragedia por las lluvias torrenciales que devastaron Veracruz, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro, un grupo de organizaciones ambientalistas encabezadas por CEMDA, Greenpeace y la Alianza Mexicana contra el Fracking difundió un comunicado donde, con tono moralista, acusaron al gobierno de “omitir reconocer” la crisis climática.

    CEMDA, en particular llamó al gobierno a abandonar los hidrocarburos, en sus clásicos ataques velados a PEMEX y su renovación.

    Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba

    En la retórica absolutista de estas ONG, no hay una sola línea sobre las responsabilidades históricas del norte global.

    Ni sobre las décadas de abandono neoliberal que desmantelaron la infraestructura hidráulica, precarizaron la vivienda popular y privatizaron la gestión de los recursos naturales.

    CEMDA y Greenpeace pretenden dar lecciones de moral ecológica.

    Resulta irónico que sean las mismas organizaciones que callaron durante los años de saqueo petrolero y privatización energética las que hoy pretendan dar lecciones de moral ecológica.

    CEMDA y Greenpeace, que durante el auge del “capitalismo verde” se financiaron con fondos internacionales y contratos con las administraciones prianistas Gustavo Alanís Ortega, líder de CEMDA, fue asesor ambiental en el proyecto ecocida del aeropuerto de Texcoco.

    La emergencia que golpea al país no se debe a la ceguera del gobierno, sino a la herencia estructural de un modelo que las ONG jamás combatieron.

    Décadas de desregulación y la connivencia entre poder económico y ambientalismo de escritorio provocaron los daños acumulados en Veracruz y Puebla —territorios que ellas mismas describen como ‘centros históricos del fracking’.

    Mientras las comunidades enfrentan la tragedia con organización y solidaridad, estas organizaciones emiten comunicados desde la comodidad de sus oficinas en la Ciudad de México, exigiendo que el Estado “abandone el petróleo y el gas”.

    Como si la transición energética pudiera decretarse por voluntad moral y no mediante inversión pública, planificación y soberanía tecnológica.

    Piden el fin del extractivismo, pero no dicen quién financiará la reconstrucción ni cómo se garantizará la energía que sostiene hospitales, escuelas y viviendas populares.

    La exigencia de estas organizaciones no es ecológica, es ideológica.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum ha reconocido la gravedad de los fenómenos climáticos y ha articulado respuestas que combinan atención social inmediata con una política de transición ordenada, no impuesta.

    En lugar de destruir la base productiva nacional, busca transformarla desde la justicia energética.

    Así, la Cuarta Transformación propone menos dependencia privada, más control estatal, más inversión en restauración y resiliencia.

    Pero para las ONG del norte, cualquier intento de soberanía es “insuficiente” o “contradictorio”.

    Su exigencia no es ecológica, es ideológica. Necesita a un Estado dócil que sea mecenas del ecologismo neoliberal dictado por los donantes internacionales.

  • Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    El 4 de octubre, representantes del activismo burgués —los viejos nombres de siempre encabezados por Greenpeace—volvieron a atacar al gobierno popular de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Asegurando que la Selva Maya vive bajo “fuego cruzado” entre la agroindustria, el turismo, las mega granjas porcinas y el propio proyecto ferroviario.

    Cemda judicializa la estación de carga del Tren Maya

    Al presentar al tren como engaño, los activistas buscan reducir una obra de infraestructura nacional —pensada para conectar al sureste y reequilibrar el desarrollo del país— a una parábola de traición.

    Es un gesto retórico eficaz, pero también un modo de vaciar el debate político y colocarse como guardianes de una pureza ecológica imposible.

    Greenpeace atacó de nuevo al Gobierno de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Nadie niega que la selva enfrenta una presión histórica. En los últimos años, la Península de Yucatán ha sufrido deforestación masiva por expansión turística, urbanización y monocultivos.

    Los propios datos que los activistas repiten —más de 300 mil hectáreas taladas y diez millones de árboles derribados — describen un proceso que comenzó mucho antes del tren y que tiene raíces en la lógica privatizadora del turismo de enclave y la especulación inmobiliaria.

    Lo que hoy llaman devastación por el Tren Maya es, en buena medida, herencia de la desregulación que por décadas dejó a la península en manos de consorcios hoteleros y agroexportadores.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum, continuando la visión de Estado que impulsó López Obrador, no niega los impactos. Ha reconocido errores técnicos, ha ajustado trazos, ha financiado programas de restauración y monitoreo ambiental.

    Pero lo que molesta al activismo de escritorio no son los árboles talados, sino la disputa de legitimidad.

    El Tren representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    Por primera vez en mucho tiempo, la política ambiental se formula desde un gobierno electo por el pueblo y no desde las oficinas de fundaciones internacionales.

    Al etiquetar el tren como “caballo de Troya”, Greenpeace México y sus voceros omiten que la obra forma parte de un proyecto de integración regional que busca devolver al Estado la capacidad de planificar el territorio, generar empleo y articular desarrollo con justicia social.

    No se trata de “ocultar daños”, sino de intervenir en un ecosistema ya depredado por el capital privado y convertir esa intervención en oportunidad de restauración y redistribución.

    La paradoja es que quienes hoy hablan en nombre de la selva fueron incapaces de movilizarse con la misma vehemencia cuando las playas fueron privatizadas o cuando los cenotes se convirtieron en piscinas para el turismo extranjero.

    El tren, con todas sus tensiones, representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    La Selva Maya no necesita nuevos profetas, sino un Estado capaz de defenderla sin subordinarse al mercado ni a las ONG que hablan en nombre del bien común.

    El tren no es el regreso de la política al sureste, el recordatorio de que la justicia ambiental también pasa por la justicia social.

  • El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum

    El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum

    En el primer aniversario del gobierno de Claudia Sheinbaum, Greenpeace México volvió a arremeter contra la Cuarta Transformación, llamándola una “política contradictoria”, un “balance agridulce”, un Estado que no satisface su vara moral.

    El comunicado difundido el 1 de octubre de 2025 repite las acusaciones sobre deforestación, hidrocarburos y presupuesto ambiental.

    Ambientalistas usan a comunidades para rechazar el fracking pero omiten avances de la 4T para prohibirlo

    Greenpeace sigue sin reconocer que la actual administración es la primera en décadas que ha intentado articular una política ecológica desde el poder público, y no desde los despachos de las fundaciones.

    El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum.
    Encabezado y puntos clave del artículo de Greenpeace atacando la gestión ambiental de Claudia Sheinbaum.
    Fuente: Greenpeace, octubre de 2025.

    Greenpeace asegura que los proyectos ferroviarios y la intervención militar recibirán diecisiete veces más recursos que la restauración de ecosistemas.

    El dato, en apariencia escandaloso, omite que gran parte de esas partidas financian justamente la vigilancia ambiental, la reforestación y el combate a incendios.

    Greenpeace acusa al Gobierno de Sheinbaum de servir a los intereses privados, mientras su propia estructura responde a redes de financiamiento internacional

    La secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, respondió desde el Senado de manera contundente.

    Reconoció los límites presupuestales, pero subrayó que la política ambiental del gobierno se sostiene sobre siete ejes, entre ellos: gestión hídrica, biodiversidad, restauración forestal, transición energética justa y participación comunitaria.

    Frente a esa complejidad, Greenpeace se aferra a un relato maniqueo, donde el Estado es sospechoso y las ONG, depositarias exclusivas de la virtud.

    En el terreno energético, la crítica se vuelve aún más anacrónica. Greenpeace condena la continuidad de los proyectos de gas y petroquímica, como si la soberanía energética fuera un pecado.

    La administración de Sheinbaum ha optado por una transición gradual, consciente de que ningún país del sur puede darse el lujo de demoler su base industrial sin sustituirla.

    Esta es una decisión estratégica, se trata de impedir que el ajuste ecológico recaiga sobre los trabajadores y las comunidades que ya pagan el costo de la desigualdad.

    Greenpeace acusa al Estado de servir a los intereses privados, mientras su propia estructura responde a redes de financiamiento internacional que jamás se someten a escrutinio público.

    Es un aparato transnacional que opera con la impunidad moral de quien no gobierna pero quiere decidir.

    Que la ONG ambiental haya respondido con desdén es coincidente con su papel histórico de juez exigente e incapaz de construir soluciones políticamente viables en las realidades del sur global.

    Lo que el comunicado llama “contradicción” no es más que el reconocimiento de que la política —y no la filantropía— es el terreno donde se disputan las transiciones verdaderas.

  • Minería y soberanía: Sheinbaum resiste mientras las ONG la acusan

    Minería y soberanía: Sheinbaum resiste mientras las ONG la acusan

    Mientras el colectivo #CambiémoslaYa! acusa veladamente a la presidenta Claudia Sheinbaum de estar coludida con los intereses de la industria minera por no impulsar una prohibición total de la minería a cielo abierto, los hechos recientes apuntan en dirección contraria.

    La Alianza Mexicana contra el Fracking instrumentaliza derrame para fines políticos

    En su encuentro con el primer ministro de Canadá, Mark Carney, la mandataria mexicana no se limitó a celebrar inversiones: planteó directamente la preocupación por las mineras de ese país que operan en México sin cumplir con la normatividad ambiental.

    La disposición de Sheinbaum de exhibir a las “mineras sucias” directamente ante Ottawa es una señal de firmeza soberana.

    Lejos de evadir el tema, Sheinbaum informó que Carney solicitó recibir una lista con los nombres de las empresas infractoras para que su propio gobierno las presione a acatar la legislación mexicana.

    En un país donde el 70% de las concesiones mineras son de capital canadiense, la disposición de Sheinbaum de exhibir a las “mineras sucias” directamente ante Ottawa es una señal de firmeza soberana.

    Pese al discurso de sospecha contra el gobierno mexicano sostenido por las ONG, en la práctica la jefa del Ejecutivo abrió un frente diplomático para obligar a las empresas extranjeras a respetar la ley ambiental nacional.

    Las críticas de #CambiémoslaYa! omiten este contexto. Ignoran que la presidenta no sólo aceptó poner bajo la lupa a las mineras canadienses, sino que además lo hizo en el marco de la inminente revisión del T-MEC, cuando la presión de los inversionistas extranjeros es mayor.

    Señalar que la presidenta protege a las mineras y un modelo de explotación territorial desenfrenado mientras confronta a Ottawa con pruebas en mano es, cuando menos, una acusación difícil de sostener.

    En el fondo, la disputa no es sólo ambiental, sino sobre si un gobierno electo que negocia de frente con potencias extranjeras o colectivos financiados desde fuera que intentan imponer una reforma minera sin medir sus impactos sociales y económicos.

    En la coyuntura actual, el compromiso con la soberanía y la defensa del interés nacional lo demostró Sheinbaum, no las ONG que la acusan.