Autor: Redacción

  • Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    Las ONG burguesas aprovechan la urgencia climática mientras desprecian la acción del Estado popular

    El 14 de octubre de 2025, en plena tragedia por las lluvias torrenciales que devastaron Veracruz, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí y Querétaro, un grupo de organizaciones ambientalistas encabezadas por CEMDA, Greenpeace y la Alianza Mexicana contra el Fracking difundió un comunicado donde, con tono moralista, acusaron al gobierno de “omitir reconocer” la crisis climática.

    CEMDA, en particular llamó al gobierno a abandonar los hidrocarburos, en sus clásicos ataques velados a PEMEX y su renovación.

    Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba

    En la retórica absolutista de estas ONG, no hay una sola línea sobre las responsabilidades históricas del norte global.

    Ni sobre las décadas de abandono neoliberal que desmantelaron la infraestructura hidráulica, precarizaron la vivienda popular y privatizaron la gestión de los recursos naturales.

    CEMDA y Greenpeace pretenden dar lecciones de moral ecológica.

    Resulta irónico que sean las mismas organizaciones que callaron durante los años de saqueo petrolero y privatización energética las que hoy pretendan dar lecciones de moral ecológica.

    CEMDA y Greenpeace, que durante el auge del “capitalismo verde” se financiaron con fondos internacionales y contratos con las administraciones prianistas Gustavo Alanís Ortega, líder de CEMDA, fue asesor ambiental en el proyecto ecocida del aeropuerto de Texcoco.

    La emergencia que golpea al país no se debe a la ceguera del gobierno, sino a la herencia estructural de un modelo que las ONG jamás combatieron.

    Décadas de desregulación y la connivencia entre poder económico y ambientalismo de escritorio provocaron los daños acumulados en Veracruz y Puebla —territorios que ellas mismas describen como ‘centros históricos del fracking’.

    Mientras las comunidades enfrentan la tragedia con organización y solidaridad, estas organizaciones emiten comunicados desde la comodidad de sus oficinas en la Ciudad de México, exigiendo que el Estado “abandone el petróleo y el gas”.

    Como si la transición energética pudiera decretarse por voluntad moral y no mediante inversión pública, planificación y soberanía tecnológica.

    Piden el fin del extractivismo, pero no dicen quién financiará la reconstrucción ni cómo se garantizará la energía que sostiene hospitales, escuelas y viviendas populares.

    La exigencia de estas organizaciones no es ecológica, es ideológica.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum ha reconocido la gravedad de los fenómenos climáticos y ha articulado respuestas que combinan atención social inmediata con una política de transición ordenada, no impuesta.

    En lugar de destruir la base productiva nacional, busca transformarla desde la justicia energética.

    Así, la Cuarta Transformación propone menos dependencia privada, más control estatal, más inversión en restauración y resiliencia.

    Pero para las ONG del norte, cualquier intento de soberanía es “insuficiente” o “contradictorio”.

    Su exigencia no es ecológica, es ideológica. Necesita a un Estado dócil que sea mecenas del ecologismo neoliberal dictado por los donantes internacionales.

  • Engenera: el ambientalismo que cobra del INE y critica a la 4T

    Engenera: el ambientalismo que cobra del INE y critica a la 4T

    La ONG Engenera, se ha presentado en los últimos meses como una de las voces más severas contra la política ambiental del gobierno federal.

    En comunicados y foros, su equipo ha acusado a la administración de Claudia Sheinbaum de sostener una “inercia fósil” y de destinar recursos públicos a proyectos de infraestructura “contradictorios con las metas climáticas”.

    Bajo el disfraz del ecocentrismo, las ONG neoliberales buscan sabotear la soberanía energética del norte de México

    Lo han hecho acompañados de otras ONG como CEMDA y Fundar —también miembros de colectivos como #CambiémoslaYa! y Alianza Mexicana Contra el Fracking—, insistiendo en que el presupuesto de 2026 “abandona la transición energética”.

    Engenera, ha recibido financiamiento directo de una de las instituciones más cuestionadas por la Cuarta Transformación

    Pero la pureza moral que intenta proyectar Engenera se resquebraja al revisar su propia contabilidad pública.

    Según documentos oficiales, en noviembre de 2024 la organización firmó un convenio con el Instituto Nacional Electoral (INE) por $237,170 pesos para desarrollar un proyecto con ese organismo autónomo.

    El acuerdo estipula dos transferencias: una primera por $189,736 pesos tras la entrega de un “plan de trabajo”, y una segunda por $47,434 pesos tras la presentación de un “informe parcial” antes del 6 de diciembre de 2024.

    No es un monto escandaloso en sí mismo, pero sí profundamente simbólico.

    Engenera, una organización que denuncia “la captura del Estado” por intereses políticos, ha recibido financiamiento directo de una de las instituciones más cuestionadas por la Cuarta Transformación—el INE, símbolo histórico del gasto excesivo, la burocracia dorada y la simulación democrática del periodo neoliberal—.

    ¿Cómo puede una ONG que cobra fondos públicos de un organismo tan identificado con el viejo orden electoral presentarse como contrapeso ético del Estado popular que busca transformarlo?

    No solo eso, es interesante ver como justifican 200 mil pesos en un proyecto de “promoción de la democracia”.

    Engenera: el ambientalismo que cobra del INE y critica a la 4T.
    Convenio firmado entre Engenera y el INE por más de 200 mil pesos.
    Fuente: Plataforma Nacional de Transparencia, consultada en octubre de 2025.

    Durante años, nuestro expresidente Andrés Manuel López Obrador señaló al INE fue instrumento de las élites para legitimar fraudes y excluir al pueblo.

    Engenera se presenta como “conciencia verde” mientras su tesorería se alimenta de la institución más costosa y elitista del aparato público mexicano.

    Criticó su gasto oneroso y sus vínculos con fundaciones extranjeras. Hoy, Engenera firma convenios con ese mismo aparato y usa esos recursos para posicionarse como “voz ciudadana independiente”.

    El problema no es que el INE financie proyectos sociales. El problema es el doble discurso: denunciar la supuesta falta de independencia del gobierno y, al mismo tiempo, nutrirse de los mismos fondos que durante décadas sirvieron para reproducir la lógica del poder conservador.

    La 4T ha insistido en democratizar la relación entre Estado y sociedad civil, poniendo fin al modelo de las ONG que, bajo la etiqueta de “autonomía”, operaban como intermediarias de las fundaciones extranjeras y las burocracias nacionales. Engenera, en cambio, parece añorar ese esquema.

    En lugar de dialogar con el gobierno popular que impulsa una política de transición justa desde el sur global, la organización prefiere presentarse como conciencia verde mientras su tesorería se alimenta de la institución más costosa y elitista del aparato público mexicano.

    Es la paradoja del activismo de escritorio: denunciar la “captura del Estado” mientras se vive de sus transferencias.

    El ambientalismo que cobra del INE pero sermonea a la 4T no defiende la ecología, solo intenta proteger su lugar en la vieja estructura de privilegios institucionales.

  • Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    Greenpeace contra el Tren Maya: El activismo burgués teme al Estado popular

    El 4 de octubre, representantes del activismo burgués —los viejos nombres de siempre encabezados por Greenpeace—volvieron a atacar al gobierno popular de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Asegurando que la Selva Maya vive bajo “fuego cruzado” entre la agroindustria, el turismo, las mega granjas porcinas y el propio proyecto ferroviario.

    Cemda judicializa la estación de carga del Tren Maya

    Al presentar al tren como engaño, los activistas buscan reducir una obra de infraestructura nacional —pensada para conectar al sureste y reequilibrar el desarrollo del país— a una parábola de traición.

    Es un gesto retórico eficaz, pero también un modo de vaciar el debate político y colocarse como guardianes de una pureza ecológica imposible.

    Greenpeace atacó de nuevo al Gobierno de México, al declarar que el Tren Maya es un “caballo de troya” para la destrucción ambiental.

    Nadie niega que la selva enfrenta una presión histórica. En los últimos años, la Península de Yucatán ha sufrido deforestación masiva por expansión turística, urbanización y monocultivos.

    Los propios datos que los activistas repiten —más de 300 mil hectáreas taladas y diez millones de árboles derribados — describen un proceso que comenzó mucho antes del tren y que tiene raíces en la lógica privatizadora del turismo de enclave y la especulación inmobiliaria.

    Lo que hoy llaman devastación por el Tren Maya es, en buena medida, herencia de la desregulación que por décadas dejó a la península en manos de consorcios hoteleros y agroexportadores.

    El gobierno de Claudia Sheinbaum, continuando la visión de Estado que impulsó López Obrador, no niega los impactos. Ha reconocido errores técnicos, ha ajustado trazos, ha financiado programas de restauración y monitoreo ambiental.

    Pero lo que molesta al activismo de escritorio no son los árboles talados, sino la disputa de legitimidad.

    El Tren representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    Por primera vez en mucho tiempo, la política ambiental se formula desde un gobierno electo por el pueblo y no desde las oficinas de fundaciones internacionales.

    Al etiquetar el tren como “caballo de Troya”, Greenpeace México y sus voceros omiten que la obra forma parte de un proyecto de integración regional que busca devolver al Estado la capacidad de planificar el territorio, generar empleo y articular desarrollo con justicia social.

    No se trata de “ocultar daños”, sino de intervenir en un ecosistema ya depredado por el capital privado y convertir esa intervención en oportunidad de restauración y redistribución.

    La paradoja es que quienes hoy hablan en nombre de la selva fueron incapaces de movilizarse con la misma vehemencia cuando las playas fueron privatizadas o cuando los cenotes se convirtieron en piscinas para el turismo extranjero.

    El tren, con todas sus tensiones, representa un intento de Estado por recuperar soberanía en el territorio más saqueado del país.

    La Selva Maya no necesita nuevos profetas, sino un Estado capaz de defenderla sin subordinarse al mercado ni a las ONG que hablan en nombre del bien común.

    El tren no es el regreso de la política al sureste, el recordatorio de que la justicia ambiental también pasa por la justicia social.

  • Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba

    Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba

    El 11 de octubre de 2025, Paseo de la Reforma se convirtió en pasarela de la indignación boutique, bajo el nombre “Marcha por el Clima, la Vida y el Futuro”, los mismos colectivos de siempre —Greenpeace México, ONG europeas y activistas de clase media urbana— desfilaron en denuncia a la supuesta “devastación ambiental” auspiciada por el gobierno de México.

    Marcha por el Clima: el carnaval del ambientalismo financiado desde arriba.
    Marcha por el Clima la Vida y el Futuro.
    Fuente: Reforma, octubre 2025.

    Los manifestantes repitieron consignas importadas sin una sola propuesta concreta.

    Acusaron al Estado mexicano de “ecocidio”, pero guardaron un silencio absoluto frente a las corporaciones que financian sus propias campañas.

    Detrás del disfraz de activismo local, lo que marchó fue el ambientalismo profesionalizado, el que vive de fondos extranjeros mientras sermonea al pueblo sobre justicia climática.

    Denunciaron el Tren Maya y la planta de gas Saguaro LNG pero jamás mencionaron que fue precisamente el neoliberalismo ambientalista de las décadas pasadas —el de las concesiones mineras, la privatización del agua y la venta del territorio al turismo de élite— el que dejó la selva convertida en botín.

    Ese modelo, que hoy la 4T intenta revertir con un Estado fuerte y redistributivo, es el mismo que sus ONG financiadoras ayudaron a construir.

    Por primera vez, un gobierno popular planifica el desarrollo del sureste con criterios de justicia social y no de rentabilidad turística.

    La “Marcha por el Clima” no fue un acto de conciencia, sino un acto de nostalgia

    Pero eso incomoda a los guardianes del statu quo ambiental, que prefieren un país paralizado antes que un Estado que intervenga en nombre del pueblo.

    Quienes hablan de “democracia ecológica” desprecian las decisiones del voto popular; quienes exigen “transición energética” se oponen a toda infraestructura pública que la haga posible.

    Quienes claman por “el fin del extractivismo” viven de subvenciones provenientes de los países más extractivistas del planeta. Esa doble moral es el combustible real de su activismo.

    No hubo una sola pancarta contra las corporaciones que financian sus fundaciones, ni una sola crítica al modelo económico global que convierte al sur en vertedero y proveedor.

    Cemda judicializa la estación de carga del Tren Maya

    Toda la furia se dirigió, otra vez, contra el Estado mexicano, el único que intenta equilibrar justicia ambiental con justicia social.

    La “Marcha por el Clima” no fue un acto de conciencia, sino un acto de nostalgia: el ritual de un ambientalismo que perdió su causa popular y se aferra a la retórica que lo alimenta.

    Su problema no es con la deforestación ni con los gases fósiles: es con el hecho de que el pueblo y su gobierno se atrevieron a tomar las riendas del país.

    México no necesita salvadores en disfraz de ballena, sino un pueblo organizado que defienda su tierra sin pedir permiso a las ONG del norte.

  • Reforma al interés legítimo en amparo ambiental hubiera sido un control a la “amparitis” de las ONG

    Reforma al interés legítimo en amparo ambiental hubiera sido un control a la “amparitis” de las ONG

    El 9 de octubre de 2025, mientras la Suprema Corte de Justicia de la Nación se preparaba para discutir la reforma a la ley de amparo, más de treinta organizaciones no gubernamentales —entre ellas CEMDA y CentroProdhlanzaron una ofensiva mediática contra el proyecto de reforma al amparo, en particular el proyecto lanzado por la ministra Yasmín Esquivel Mossa limitando el interés legítimo.

    Salvaguarda o despojo, la trampa de Oceana en el mar mexicano

    Pero tras el dramatismo jurídico, lo que se discute no es un retroceso, sino el intento del Estado por poner orden en una figura que las ONG han convertido en arma política. El proyecto fue retirado debido a estas quejas del activismo.

    Las ONG’S contra el proyecto de reforma al amparo

    El proyecto de Esquivel no eliminaba la posibilidad de amparos ambientales, solo aclara que el juicio de amparo no es una acción popular.

    La propuesta exigía que los jueces verifiquen que el promovente tenga una relación directa con el territorio afectado, ya sea porque habita o utiliza el área de influencia.

    En otras palabras, para demandar, se necesitaría demostrar una afectación real y no sólo ostentarse como “defensor del ambiente” desde un despacho en la capital.

    El objetivo era unificar criterios entre tribunales que durante años han emitido sentencias contradictorias y frenar la proliferación de amparos sin sustento.

    Además, existen otras vías para la protección de derechos colectivos, cómo los mecanismos administrativos, las consultas públicas y las acciones populares en el ámbito local.

    Fortalecer esos espacios sería coherente con una visión progresista que busca participación comunitaria, no litigio profesionalizado.

    El amparo nació como defensa de las personas frente a abusos de autoridad.

    No como herramienta de presión para organizaciones financiadas por fundaciones extranjeras que bloquean proyectos estratégicos.

    Con un gobierno que impulsa una política ambiental soberana, esas “organizaciones” se sienten desplazadas.

    Lo que hoy se llama “litigio climático” ha derivado en una amparitis corporativa, un activismo que depende en demasía de demandas masivas como único mecanismo de acción, que además usa para paralizar obras como el Tren Maya sin representar realmente a las comunidades afectadas.

    Son estas comunidades quienes pueden probar un daño y quienes viven las consecuencias del cambio ecológico, no los abogados de ONG que viajan al territorio sólo para la foto.

    Este enfoque habría colocado el interés legítimo en su sentido original: la relación directa entre persona y daño, no el protagonismo de intermediarios.

    Detrás de la indignación de las ONG hay un malestar más profundo. Durante décadas, el monopolio de la “defensa ambiental” estuvo en manos de asociaciones con financiamiento internacional que actuaban como contrapesos morales del Estado mexicano.

    Hoy, con un gobierno que impulsa una política ambiental soberana, esas organizaciones se sienten desplazadas.

    Denuncian “autoritarismo” cuando lo que existe es una recuperación de la autoridad pública sobre el territorio.

    La reforma al interés legítimo no cercenaba derechos; pretendía devolverlos a quienes realmente los ejercen.

    Establecer límites frente al uso político del sistema judicial y recuperar la idea de una justicia ambiental de clase, donde las comunidades deciden sobre su territorio sin ser instrumentalizadas.

  • El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum

    El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum

    En el primer aniversario del gobierno de Claudia Sheinbaum, Greenpeace México volvió a arremeter contra la Cuarta Transformación, llamándola una “política contradictoria”, un “balance agridulce”, un Estado que no satisface su vara moral.

    El comunicado difundido el 1 de octubre de 2025 repite las acusaciones sobre deforestación, hidrocarburos y presupuesto ambiental.

    Ambientalistas usan a comunidades para rechazar el fracking pero omiten avances de la 4T para prohibirlo

    Greenpeace sigue sin reconocer que la actual administración es la primera en décadas que ha intentado articular una política ecológica desde el poder público, y no desde los despachos de las fundaciones.

    El ecologismo selectivo de Greenpeace contra la política ambiental de Sheinbaum.
    Encabezado y puntos clave del artículo de Greenpeace atacando la gestión ambiental de Claudia Sheinbaum.
    Fuente: Greenpeace, octubre de 2025.

    Greenpeace asegura que los proyectos ferroviarios y la intervención militar recibirán diecisiete veces más recursos que la restauración de ecosistemas.

    El dato, en apariencia escandaloso, omite que gran parte de esas partidas financian justamente la vigilancia ambiental, la reforestación y el combate a incendios.

    Greenpeace acusa al Gobierno de Sheinbaum de servir a los intereses privados, mientras su propia estructura responde a redes de financiamiento internacional

    La secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, respondió desde el Senado de manera contundente.

    Reconoció los límites presupuestales, pero subrayó que la política ambiental del gobierno se sostiene sobre siete ejes, entre ellos: gestión hídrica, biodiversidad, restauración forestal, transición energética justa y participación comunitaria.

    Frente a esa complejidad, Greenpeace se aferra a un relato maniqueo, donde el Estado es sospechoso y las ONG, depositarias exclusivas de la virtud.

    En el terreno energético, la crítica se vuelve aún más anacrónica. Greenpeace condena la continuidad de los proyectos de gas y petroquímica, como si la soberanía energética fuera un pecado.

    La administración de Sheinbaum ha optado por una transición gradual, consciente de que ningún país del sur puede darse el lujo de demoler su base industrial sin sustituirla.

    Esta es una decisión estratégica, se trata de impedir que el ajuste ecológico recaiga sobre los trabajadores y las comunidades que ya pagan el costo de la desigualdad.

    Greenpeace acusa al Estado de servir a los intereses privados, mientras su propia estructura responde a redes de financiamiento internacional que jamás se someten a escrutinio público.

    Es un aparato transnacional que opera con la impunidad moral de quien no gobierna pero quiere decidir.

    Que la ONG ambiental haya respondido con desdén es coincidente con su papel histórico de juez exigente e incapaz de construir soluciones políticamente viables en las realidades del sur global.

    Lo que el comunicado llama “contradicción” no es más que el reconocimiento de que la política —y no la filantropía— es el terreno donde se disputan las transiciones verdaderas.