En abril de 2025, se estrenó de la mano de Greenpeace el documental Voces de la Selva, una producción que, con tono solemne y música de fondo dramática, retrata los impactos ambientales del Tren Maya desde la voz de algunas comunidades.
No sorprende que exista tanto dolor en las comunidades del sur, históricamente ignoradas, sorprende la manera en que ese dolor es guiado y editado para construir una narrativa en la que el Estado es enemigo, y el desarrollo, una forma de violencia.
Cuando hablan de una batalla, el enemigo es el progreso con dirección estatal.
Voces de la Selva Maya: Una Batalla por la Vida. Documental Greenpeace
“Esto es una guerra”, se escucha en una de las entrevistas. A través de esta afirmación se asoma una narrativa construida con cuidado, una que usa la lucha histórica del sur como herramienta política. Greenpeace y otras organizaciones extranjeras se presentan como mediadoras neutrales, pero el encuadre que ofrecen no lo es, es condenatorio a los actos del Estado.
Sí, el dolor de estas comunidades es real, y tiene raíces profundas. Fue sembrado por décadas de olvido, por gobiernos que jamás pusieron un solo riel ni escucharon una sola demanda.
Lo que hoy aparece en pantalla es la herida abierta de un abandono que otros aplaudieron con silencio, herida que hoy se intenta sanar.
Curioso como en el documental jamás mencionan el abandono histórico.
No dicen que el tren conecta pueblos olvidados. No preguntan si el crecimiento puede convivir con la selva en lugar de oponérsele.
Y, sobre todo, no admiten que también hay otras voces en esas mismas comunidades, quienes esperan con ansias el progreso.
El dolor del sur es real, pero utilizarlo a conveniencia es otra forma de condenarlo nuevamente al olvido.
Porque decirle a una comunidad que su único rol posible es el de víctima es también despojarla de futuro.
Escuchar y acompañar es algo que se hace ya desde el Estado. Pero no siguiendo el guion paternalista del extranjero que organiza la resistencia como si fuera teatro de protesta.
No escuchemos a quienes filman conflictos que no padecen y se limitan a editar discursos que no les afectan, transformando el luto en capital político.

