El discurso del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA) sobre la crisis del ozono en la Ciudad de México —apoyado en el Observatorio Ciudadano de Calidad del Aire— insiste en presentar el panorama atmosférico como prueba de una falla estructural sin matices.
Siguiendo la lógica de que los “cero días limpios” exigen transformaciones profundas, la organización sugiere que la política ambiental capitalina permanece atrapada en medidas coyunturales.
La formulación ignora el conjunto de compromisos y programas ya desplegados por el gobierno local en materia de movilidad, regulación industrial y transición energética urbana.
El enfoque del CEMDA invisibiliza avances y sobredimensiona el incumplimiento.
La capital, gobernada desde hace décadas por una izquierda popular, ha impulsado la expansión del transporte eléctrico, la modernización de flotas públicas, la restricción progresiva de fuentes altamente contaminantes y la coordinación metropolitana para el control de emisiones.
Tales acciones no eliminan de inmediato los picos de ozono, fenómeno asociado a dinámicas industriales, vehiculares y climáticas acumuladas durante años.
El planteamiento de CEMDA plantea una narrativa de incumplimiento permanente que desatiende el carácter gradual de las transformaciones ecológicas en una megalópolis atravesada por desigualdades sociales y presiones productivas.
La transición ambiental urbana exige inversión pública sostenida, reorganización territorial y regulación económica.
La propia presidenta de la República ha explicado que estas contingencias se deben a factores ambientales externos, como las transiciones entre estaciones.
La narrativa del fracking como arma política contra PEMEX
Además de la mayor rigurosidad que le da el gobierno actual a las métricas de riesgo para la salud.
Ahora bien, conviene interrogar el lugar desde el cual se formula la exigencia.
El tercer sector ambiental en México mantiene vínculos con redes internacionales, fundaciones privadas y esquemas de financiamiento transnacional que inciden en la orientación de sus agendas.
La vigilancia ciudadana fortalece la democracia; la influencia de intereses externos puede tensionar prioridades locales cuando privilegia métricas globales sobre necesidades sociales concretas.

