El pasado 22 de julio en el marco del Día Mundial Contra la Minería a Cielo Abierto, el colectivo CambiémoslaYa! ha irrumpido nuevamente con su acostumbrada retórica maximalista, exigiendo la prohibición total de la minería a cielo abierto.
Otra vez, sin reconocer los esfuerzos legítimos del Estado mexicano por recuperar el control de sectores clave como el litio.
Detrás de su campaña —aparentemente ecológica y popular— se oculta un guion bien ensayado por organizaciones internacionales que promueven una visión abstracta del ambientalismo, desarraigada de las condiciones materiales, y de clase de los pueblos de América Latina.
El discurso de CambiémoslaYa! responde a una arquitectura ideológica construida en laboratorios de financiamiento extranjero.
El Corredor Interoceánico no se detiene
CambiémoslaYa! exigió nuevamente la prohibición total de la minería a cielo abierto.
No es coincidencia que su comunicado del 22 de julio, omita toda referencia a la distinción esencial entre explotación sin sentido y proyectos estratégicos nacionales, particularmente aquellos vinculados a la transición energética y al control soberano del litio, y otros minerales clave.
Insinuando que los intereses de la Cuarta Transformación están alineados de manera tácita con el extractivismo.
Como ha reiterado la Presidenta Sheinbaum, prohibir de forma absoluta la minería a cielo abierto afectaría industrias fundamentales para el desarrollo científico, energético y tecnológico del país.
En lugar de construir una agenda de justicia ambiental con perspectiva de soberanía, CambiémoslaYA! se suma a la lógica del bloqueo y la criminalización técnica.

Es sintomático, además, que su demanda sea respaldada por organismos como el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) —de orientación anti-extractivista pero también conservadora y antisecular— que ignoran sistemáticamente las condiciones concretas de países dependientes, donde la única posibilidad de desarrollo soberano pasa por el control estatal de los recursos naturales.
Más allá del fetichismo ambientalista importado, urge una ecología con raíces en la justicia social y la autodeterminación de los pueblos.
Una ecología que no confunda el saqueo neoliberal con los proyectos estratégicos de un Estado que ha comenzado, por fin, a recuperar su papel rector.

