El mundo del llamado tercer sector está atravesado por una paradoja en el núcleo de su identidad discursiva.
Por un lado, armado con conceptos pseudomarxistas promovidos desde la academia, enarbola una crítica superficial a la desigualdad que define nuestro sistema productivo.
Por el otro, el modelo de altruismo que defiende resulta inconcebible sin el respaldo de los grandes capitales.
El ejemplo más claro lo encontramos en el último informe regional de Oxfam México, asociación internacional con fuertes vínculos con grandes corporaciones y potencias del norte global.
El documento, titulado Resisting the Rule of the Rich, advierte sobre la creciente ola de autoritarismo a nivel nacional e internacional durante el último año, fenómeno que relaciona con la concentración de riqueza en manos de multimillonarios.
La lectura no es desacertada; sin embargo, resulta cuando menos irónico que el emisor de este análisis sea, al mismo tiempo, beneficiario directo del modelo que cuestiona.
Quizá sería pertinente colocar un espejo en las oficinas de Oxfam México para que, por una vez, ejerzan la misma crítica hacia sí mismos.
La trayectoria de Haas ejemplifica lo que parece una constante en el mundo de las ONG: la caricatura del activista formado en el más absoluto privilegio que abandera causas de justicia social mientras, al mismo tiempo, obtiene beneficios económicos de esa posición.
Resulta llamativo que advierta sobre los peligros de la injerencia política de una clase social a la que ella —y muchos activistas con trayectorias y perfiles similares— pertenecen.
Durante la década de los noventa, la entonces joven Haas se benefició de los contactos y la influencia de su padre, a quien señalaron por su presunta participación en casos de corrupción y desvío de recursos.
Fue ese capital el que financió su educación privada en México y sus estudios de posgrado en el extranjero, recursos que hoy critica y presenta como un peligro para las sociedades democráticas. Peligro que, en efecto, merece ser debatido.
El activismo fifí acierta al cuestionar los excesos de ciertos sectores empresariales y lo pernicioso que puede resultar permitir que sus tentáculos influyan en el poder político.
No obstante, quizá sería pertinente colocar un espejo en las oficinas de Oxfam México para que, por una vez, ejerzan la misma crítica hacia sí mismos.






